miércoles, 16 de mayo de 2007

Profesor Lautaro Yankas



YO, LAUTARO YANKAS
(Manuel Soto Morales)

Pienso que la autobiografía conforma una confesión ante la propia conciencia depurada por los años y el pensamiento.

Hace algún tiempo, cumpliendo yo un curso de conferencias en centros universitarios de Antofagasta, se me sugirió, por primera vez, que hablase de mi vida, a fin de que las gentes conocieran por dentro y por fuera a un escritor.

He comprobado más tarde esta persistente curiosidad de asomarse, por el contacto personal, al otro yo, que para muchos permanece oculto en la obra literaria.

El salón de actos se veía atestado de hombres y mujeres, adultos, jóvenes y muchachos, sin distinción de clases o creencias. Repito que por primera vez en mi vida, y ello accediendo al pensamiento de la Universidad, hablé de mí, con alguna timidez al comienzo, para confiarme luego a mi memoria y a mi espíritu. Durante una hora, mis palabras fueron la expresión de un hombre que ha hecho de su vida una estancia para sustentar en su ámbito el espíritu libre y forjar la ficción literaria en las páginas que ofrezco a las gentes de mi tierra y de otras latitudes.
Hoy, de nuevo, ante un público visible, el escritor y el hombre entregan su imagen, procurando bañarla en la luz de la sinceridad.

En ocasiones, la autobiografía compromete y acusa ciertas facetas del egocentrismo: es vanidosa e insolente, o se engalana de humildad y sencillez. A veces, bajo su nombre, se llega a confeccionar con determinados recuerdos, una pretenciosa obra de arte. No siempre en la autobiografía, lo veraz se interfunde con la pureza del propósito inicial. Los complejos retenidos tornan favorable o desfavorable la extraversión de una existencia que se sabe, auscultada por un público a veces grosero, quizá burlón, de variado poder receptivo y desigual perspicacia. El “diario íntimo” y las “memorias” padecen a menudo de la versatilidad que se ha señalado, pese a la irradiación de verdad que proyectan sobre las almas. La autobiografía, forma directa y más comprometida que aquéllas, recoge de primera mano los fenómenos de la personalidad, de la psique. Es obvio que a menor inhibición natural o intencionada del ser, mayor limpidez y claridad del piélago interior que se ofrece al mundo espectador. En el pensamiento de Miguel de Unamuno, “las autobiografías, aun mintiendo, revelan el alma del autor” [1].


He leído en un autorizado y difundido historiador de las letras hispanoamericanas y europeas, que el hombre es tentado por el afán autobiográfico, lo que indicaría afirmación de la personalidad. Concedo a este aserto una significación relativa. En mi caso, he soslayado siempre la confidencia.-

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En esta ocasión, al tratar de daros mi propia imagen, lo haré recordando cuanto dije en aquella primera oportunidad, ahondando, tal vez, en la perspectiva de sucesos e ideas.

Nací en Talca el 6 de junio de 1902. Crecí jugando en las calles polvorientas de mi barrio y mirando, sobre la ceja de los tejados o desde los cercanos potreros, el chamuscado y adusto espinazo de la Cordillera de la Costa. Aquellos cerros de costa negruzca y lampazos amarillos y cobrizos, dejaron su huraño secreto en mi alma, y lo llevo como un peso necesario y como una voluntad. Se afirma que el ceño de este paisaje determina el carácter talquino, decidido, tenaz irreversible, ejecutivo. El paisaje es el hombre. Recuérdese que la primera empresa siderúrgica de proporciones y otras grandes industrias, se construyeron en Talca.

Evoco la casa de mi niñez, la esquina donde estaba el despacho (así se llamaba el pequeño almacén en las ciudades del centro del país), que mis padres atendían; las gruesas vigas desnudas, los frascos de caramelos y galletas -- aquellas deliciosas galletas de miel --, las ristras de baldes de latón, de tachos para el agua, de escobas; los rollos de cordel, las panzas de grasa olorosa, los sacos de harina, de porotos, de maíz. Aquel mundo atiborrado de cosas hasta el techo, y la calle abierta hacia lo infinito, conformaban mi feliz universo. Yo tendría cinco años apenas, mi hermana Teresa era dos años mayor y Ernesto el menor.

En la mañana del 16 de agosto de 1906, mi padre me llevó de la mano por las calles llenas de escombros: el terremoto de la noche había destruido gran parte de la ciudad. Yo sufría mi propio espanto, pues mi padre al sentir el primer sacudón, me sacó en brazos, y a la luz de una vela vi temblar los muros de adobe y caer entre las tablas del techo oleadas de tierra.

En esos años viví feliz entre la escuela y los sueños de aventura. Un día se acabó el almacén y su mina de caramelos y galletas de miel. Mi padre nos trajo a casa de mi abuela, en la calle 4 Oriente, y allí construyó un anexo que daba a un gran patio con parrón, ciruelos y membrillos. Mis nuevos amigos de la calle me eligieron capitán del grupo, con arrestos belicosos, pues había u muchacho de la vecindad que con otros se declaró enemigo nuestro. Fabricamos espadas de madera y cascos de papel. Aquello culminó con un desafío entre los jefes en calle atravesada, el vencedor y mi rival quedó con un ojo hinchado durante algunos días. Este recuerdo inspiró mi relato “El encuentro de los capitanes”, escrito y publicado muchos años más tarde. Yo era el regalón de mi abuela, y en citaciones críticas con mi padre, me iba a casa de ella.

Aquellas emociones fueron cercenadas fríamente cuando, niño aún, fui internado en la Escuela Normal de Curicó. El director del colegio primario en que había estado, habría dicho a mi madre que mis excelentes notas me permitían seguir la carrera de maestro. Ella aceptó, aunque sus deseos se inclinaban por algo más brillante.

Los cinco años de internado hicieron de mí un adolescente que en cada jornada vertía sobre su corazón una abundante carga de sueños y decisiones. Muchos de esos sueños se desvanecieron antes de llegar a la conciencia; otros tomaron el camino del verso o de la prosa, donde la fantasía y el mito ahogaban el sentimiento y la idea. Las imágenes irisaban un paisaje ensoñado en el que se movían donceles poseídos por un anhelo de amores imposibles. La realidad apareció así alejada por una bruma de hechizo que defendía al muchacho de los contactos ajenos a su mundo íntimo. Durante esos años cultivé esta obsesión poética de la vida. La naturaleza toda y la mujer como centro mágico de ella, permanecieron sublimadas y latentes, tocadas de inmortalidad.
Colaboré en la revista de la Escuela Normal con poemas en verso y en prosa. Tengo vivo el recuerdo del que titulé “El lago azul”, poblado de náyades, ondinas y sirenas. En el último año de internado y por sentirme en pugna con mi profesor de castellano, que evaluaba nuestra capacidad por la memorización de la gramática, escribí para la clase de composición, ejercida por otro profesor, un cuento sobre la vida poblana. Lo titulé “Entre mate y mate”, y en él describía a tres mujeres ya rugosas, sentadas en torno al brasero, entretenidas en desollar viva a cierta vecina, mientras el gato ronroneaba de placer. El cuento obtuvo, junto con el de un compañero, la nota máxima. Ciertamente, aquellas preferencias iniciales, la imaginativo-poética y la realista-sicológica en su gama subjetiva, que en mis bosquejos se alternaron durante esos años y persistieron mientras cumplía mis tareas de profesor, deben haber sido los pilotos de mis trabajos futuros, pues mi obra, a juicio de algunos comentadores, las refleja en sus esencias, que la madurez del escritor ha ido enriqueciendo.

El internado, con sus salas frías y siempre extrañas, sus normas severas y odiosas, disciplinó y desbrozó al muchacho, pero no le quitó sus alas.

Al salir de la Escuela Normal me doy cuenta de que he perdido a mi padre y a mi hermanita. Mi madre seguirá siendo inspiradora en mi vida. Ella se siente feliz de verme tan joven y ya dueño de un título convertible en pan de cada día. Mirándola, la amo más y la admiro, y al mismo tiempo comprendo que llevo conmigo una conciencia de la cual me serviré para encontrar los caminos propicios. Logro tomar el cargo de Inspector en el Liceo de Hombres de Talca. Estamos en 1918. Los muchachos del sexto año son mayores que yo en edad y me intimidan. De este modo empiezo el duro aprendizaje de la carrera pedagógica que requiere fervor, sacrificio y firmeza de carácter. Pese al ingrato y pesado trabajo que significa vigilar la conducta de cientos de muchachos, no dejo de escribir. Encuentro en la ciudad y en el liceo algunos espíritus inquietos y sensitivos, ello conforta al joven todavía vacilante que hay en mí. Pronto, Talca se me hace estrecho y hostil. El ceño de los cerros chamuscados empieza a grabarse en mi rostro y me empuja a forzar rutinas. “Quemaremos nuestras naves y nos iremos a Santiago”, declaro a mi madre. Es mi reto a la vida. Ya en la capital, mientras descubro lo que anhelo, hallo empleo en una oficina que nunca supe a qué se dedicaba…. Escapo de allí a los tres meses, desesperado. Por primera vez me doy cuenta de que la sonrisa desaparece en las gentes. Santiago me cierra las puertas con su egoísmo y su voracidad. Pese a la escasez de medios, mi madre iba a dejar su limosna a la iglesia y a pagar alguna manda. Yo la regañaba. ¿No bastaban las oraciones? Mi voluntad crecía explorando algún resquicio en el cuerpo de ese monstruo que era para mí la gran ciudad; estaba aprendiendo a moverme entre gentes hurañas, indiferentes, agresivas. “Ganarás el pan”. Mis dedos tocaban mi diploma y llevaba el certificado dentro de un sobre limpio. Un día fui al Liceo Valentín Letelier (lo que es hoy el Liceo Nº 1, ubicado en Avenida Recoleta. Hablé con el Rector, un venerable y magnífico anciano de blancas patillas, veterano de la Guerra del Pacífico. Me escucho, me observó, examinó mis papeles y se extrañó, complacido, de que no llegara acompañado de algún figurón político o sectario. “Bueno -- me expresó acariciándose la barba – sus certificados son favorables. Hay aquí un joven inspector que no es chileno y nuestro país no tiene por qué ayudar a un ciudadano de otro país que se dice enemigo nuestro…. Venga en la semana próxima con sus antecedentes”.

La brecha estaba abierta. Empecé como inspector. Al mismo tiempo ingresé en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. Escogí Artes Plásticas (en ese tiempo la especialidad recibía el nombre de Dibujo y Caligrafía), en razón de las menores exigencias reglamentarias y por mostrar mi certificado notas sobresalientes. Mi amistad con Mariano Latorre y Carlos Mondaca, profesores ambos en el Liceo, data de ese tiempo. Después de leer un cuento que le llevé, Latorre me expresó: “Me gusta su trabajo; usted maneja bien la prosa. Escriba un cuento cada día durante tres meses”. Lo hice y al tercer mes, dado el mucho trabajo, en que se sumaban mi empleo y mis estudios pedagógicos, sufrí agotamiento e insomnio. Modifiqué el ritmo de mis quehaceres y me repuse. Empecé a publicar mis cuentos en “las Ultimas Noticias” y en algunas revistas. Me veía avanzar con paso menos inseguro. Transcurría el año 1924. El diario “La Nación”, fundado por el prominente estadista Eleodoro Yañez, y dirigido por Carlos Dávila (Premio Cabot de periodismo), con la presencia espiritual, dilecta, de Inés Echeverría de Larraín (Iris), organizó un gran concurso de cuentos. Envié un trabajo y durante meses esperé ansioso el fallo, pues supe que se habían presentado algunos escritores de prestigio. Un día, Mariano Latorre, que no participaba en la contienda, me confió una noticia para mí a todas luces increíble: el jurado había decidido otorgarme el Premio de Honor; sin embargo, uno de los concursantes, que obtuvo la noticia antes de hacerse público el veredicto, intervino en su propio favor aduciendo que él, escritor ya destacado en el ámbito nacional, no podía aceptar que se premiase a un principiante. No daré el nombre de ese escritor, pues guardo hacia él mi estimación. Todos sabemos cómo se otorgan en Chile los premios más suculentos. En aquella ocasión recibí el Premio de Tema Libre por mi cuento “Arsenio”, que más tarde incluí en el libro “La Risa de Pillán”, junto con el relato “Ángel Gabriel”, al cual se le otorgó el Premio único en el certamen promovido por “La Nación” y la revista “Zig-Zag”. Coincidiendo con el primer galardón, en 1924 publiqué “La Bestia Hombre”, novela de ambiente naturalista y de evasión romántica, que mereció una carta muy cordial y propicia del brillante ensayista y catedrático Ricardo Latcham.
En 1926, la Colección Lectura Selecta publica mi novela corta “Marina”. Por mi cuenta y riesgo, doy en 1927 un tomo de cuentos y “relieves”, “La Risa de Pillán”, ya mencionado, en que incluyo trabajos que responden a mis afanes de libertad creadora. Los críticos seguían mi faena con juicios favorables o reticentes, lo que afirmaba mi actitud ajena a escuelas rígidas, a tertulias o círculos laudatorios. Derivando del criollismo de Latorre, mi obra todavía bisoña, se encauzaba en un realismo terrígeno y brioso que incomodaba a ciertos comentadores. Me alejaba sensiblemente del maestro, hacia el logro de una expresión personal fluida en que el protagonista conquistara el primer plano “sin ahogarse en el medio”, enfrentado a éste en alternativa de vida y muerte.

La brega por la existencia material se compartía con la pugna literaria. Yo no padecía un desdoblamiento de mis facultades, sino que me proyectaba desde el fondo de mi ser sin descuidar ese todo indivisible que es el mundo ante la criatura por él excitada y amenazada. Luchaba en todos los frentes con una misma y honda conciencia del acontecer.

Al dejar el Instituto Pedagógico, con mi título de Profesor de Estado, no vacilo en sondear nuestra geografía. Miro hacia el sur verde y lluvioso. Entre varias posibilidades, opto por el Liceo de Hombres de Traiguén. Parto hacia allá en 1928 y con ello empieza una segunda etapa de mi vida y de mi obra. Chile se me presenta como una revelación en su naturaleza agreste y humana. La Colección La Novela Nueva, dirigida por Ernesto Silva Román, periodista fogueado y ágil escritor de ciencia ficción[2], publica en 1930 mi novela corta “Mujer del Laja”. Ese mismo año, y tras caminar sin tregua por las provincias de Malleco, cautín y Arauco, que en lo étnico conformaban la Araucanía, entrego a las prensas la novela “Flor Lumao”, ambientada en la tierra de la raza heroica y cuyos protagonistas nada tienen que ver con la deslumbrante epopeya de Ercilla. Aunque el público la conoce en varias ediciones, quiero recordar que en ella se relata el drama de una muchacha indígena, ultrajada por un joven terrateniente de la vecindad. Como por entonces no se había escrito la novela del araucano de nuestros días – el mapuche, en su denominación justa --, el libro creo revuelo y continúa atrayendo al lector chileno y extranjero. En 1935 aparece “Morena de la loma”, continuación de “Mujer del Laja”. La vida urbana me atrae también por esos años y aparecen “La llama”, novela social, en 1939; y “La ciudad dormida”, enfoque de la tradición provinciana y colonial, sacudida por la irrupción de la cultura y el progreso técnico, en 1943. “Rotos”, publicado en primera edición en 1945, interesa al público y a la crítica por la variedad de facetas humanas, que recoge a lo largo y a lo ancho de Chile. Este libro nació después de publicar algunos cuentos en la revista “Atenea”, todos ellos hermanos por la fibra popular y el paisaje. Domingo Melfi, maestro del ensayo literario, era el director de la revista y su elogio para dos o tres de esos relatos me sugirió la idea de una colección. Varios de ellos han sido traducidos al inglés, al sueco y al ruso. En Rusia se publicó el libro, “Panorama del cuento chileno” en una tirada de cien mil ejemplares, y en él aparecen, calificados, los escritores de la generación de 1910, 1930 y 1940.

En 1947, se hablaba con énfasis de que los escritores chilenos no habían logrado crear relatos para niños. Se decía, asimismo, que nuestro folklore y la vida chilena no contenían nada valioso para inspirar una literatura infantil con cierta substancia. Rechacé tales afirmaciones, que me parecieron intencionadas. En mis vacaciones de 1947, escribí “El cazador de pumas”, que fue acogido felizmente por el público y la crítica. Sus numerosas ediciones, algunas clandestinas, me han dado la razón. Otro tanto ha sucedido con las novelas cortas, “El último Toqui” y “Conga, el bandido”.

He debido trabajar en medio de la incomprensión de parte del público y de las reacciones de los medios intelectuales. Mis libros, basados en la observación de la realidad nacional, agudizada a veces por los rudos contrastes de nuestra sociedad, así en el campo como en la urbe, tienen un ceño duro para quienes buscan el mero pasatiempo y rehuyen cualquier esfuerzo anímico o mental. No me interesa transcribir cuadros y escenas, sino iluminar la naturaleza y la vida en sus fondos para que sea observada y retenida en sus diversos planos por el lector sensible.

No me he alejado de mi propósito. Allá por 1950, pensé en dar cima al ciclo indigenista que empecé con “Flor Lumao” y continué con “El último Toqui”. Bosquejaba en mi mente una obra que aprehendiera el cabal drama del indio, descendiente de los héroes de la epopeya y convertido hoy en espectro de vicio y miseria. Me di a al tarea con voluntad y fervor. En dos años terminé y revisé la novela. Tuve noticia del Concurso latinoamericano de Literatura convocado en 1953 por Unión de Universidades Latinoamericanas y envié mi obra siguiendo las estrictas normas del certamen. Se llamó a concurso en cada país y una vez obtenidos los fallos nacionales, quedaron seis o siete obras para el veredicto final. En agosto del año siguiente, estando yo en mi sala de clases del Liceo de Aplicación, el rector me hizo llamar. Al entrar en la Sala de Profesores, fui recibido por los aplausos de mis compañeros. En esta lucha sin cuartel contra el preciosismo literario y las antipatías naturales, había ganado una nueva batalla. “El vado de la noche”, la novela distinguida con el Premio Latinoamericano de Literatura, es el mejor laurel en esta contienda de valores. La seriedad y el rigor del certamen, que hasta el momento del fallo final permitieron mantener en secreto el nombre de los jurados nacionales y del jurado internacional, elevan la jerarquía del triunfo. Todo esto se lo deseo a los escritores y artista de mi país.

En 1962 publico “La furias y las vírgenes”, novela que por su contenido, su técnica de estructura polifacética, y su tónica, fue estimada “fuera de serie” por algunos mentores. Había en ella muchas cosas, quizás un tumulto de cosas y de vidas…. El escritor había hecho, rehecho, torturado, desangrado sus páginas, para comprimirlas y depurarlas, y esto durante años. La vida del siglo bajo los cielos de Chile se confiesa en la pluma del escritor. He ahí el intento. En la primera solapa estampé estas líneas premonitorias: “La visión carnal de la vida y el terror de la muerte, determinaron la realidad del hombre primitivo. Este animismo alumbra en la obra literaria de todos los tiempos, constituye su hechizo y el vínculo entre la ficción y la verdad del universo…. La revaloración de lo externo gravita en la novela actual. Asimismo, el hombre y la mujer se muestran desafiantes ante la vida, persiguen el goce y el dolor, así como una conciencia de lo imposible. Su camino es la violencia, el desprecio hacia las normas… y hacia la muerte. La mujer dejó de ser símbolo, arrastrada por la sexualidad triunfante”. El arte, como goce de liberación; una voluntad de existir generosamente; y la ternura, comunión de espíritu y carne como aliento inspirador: he ahí los signos cruciales del libro.

Sin el menor indicio de menoscabar lo ajeno, pensaba hace años, que las obras literarias imaginadas sobre la vida de doña Catalina de los Ríos, conocida como La Quintrala, no habían entregado la dimensión humana y demoníaca que yo concebía para ella. Esta idea se hizo constante y en un momento propicio di comienzo a la novela. Me enfrenté a la mujer con mis potencias ejercitadas en otros libros, y surgió la hembra primitiva, indómita, agarrada a su tierra y a su sexo y “manitrada” con los malos espíritus. La crítica le dio cálida aprobación y la edición se agotó rápidamente. Se ha subrayado en este libro y en la mayoría de mis obras, su contenido social.

El conocimiento del tópico y mi permanente curiosidad por la producción literaria nacional y americana, me inclinan a ejercitar el ensayo. En 1940, trabajando en el Liceo de Hombres de Quillota, se me pidió una charla sobre escritores chilenos destinada a empleados y obreros. Preparé una minuta condensando juicios y referencias y de aquello derivó una síntesis de la narrativa nacional que años más tarde aproveché para mis ensayos y conferencias dentro y fuera de Chile. Las oportunidades que se me han presentado para disertar y escribir sobre literatura y artes plásticas, me han incitado a incursionar con placer en el género. En 1949, se me otorgó un galardón valioso por mi ensayo “Síntesis de la pintura chilena”, en el certamen internacional organizado por la revista “Histonium”, de Buenos Aires. Ya, en 1934, había ganado el Premio de Ensayo en los Juegos Florales de Valparaíso por mi trabajo titulado “Criollismo e imaginismo”. Mis estudios aparecen periódicamente en revistas chilenas – “Atenea”, “Occidente” – y en España, en “Cuadernos Hispanoamericanos”, “Anales de la Literatura Hispanoamericana” y otras.

Para dar la forma al ensayo literario, intento una técnica de captación intuitiva en lo medular de la obra, como procedo en cada instancia de la novela. Cada tendencia o escuela son facetas vivientes del mundo del espíritu y en él las ideas se conjugan con las percepciones en la obra literaria.

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La definición de una obra literaria en términos aproximados o cabales --- la crítica pretende a veces manejarse como ciencia, apuntando sobre el proliferado y hechizado universo de la obra --, incide en la expresión idiomática, en lo que es el estilo. Un autor puede ser reconocido en una página cuando alcanza su expresión distintiva. Desde la afirmación de Bufón: “Le style c’est l’home mëme”, que mne satisface en principio, sin olvidar el juicio impersonal de Flaubert de que el estilo es una larga paciencia…., hasta el alcance conceptual y metafísico de Sthendal: “Le style c’est ajouter a une pensée donée toutes les circuntances proles a produire tout l’effet que doit produire cette pensée”, no vemos cristalizada una definición satisfactoria. Y es natural que esto suceda, pues el complejo candente del hombre actual, evadido de la cifra que lo encasilla y multiplicado en cifra astronómica, no podría caber en una fórmula escueta.

Después de lo sugerido acerca de mi obra, pienso que el estilo expresa la unidad del todo creado por el escritor, en el que se funden y entrañan el espíritu del hombre, el espíritu del medio físico y el tiempo imperativo. Todo fluye en la esencia del lenguaje desde su textura misma: el movimiento y la medida de la frase que dan el ritmo, la fluidez o densidad de los adjetivos, sustantivos y verbos, a intención y el juego de la metáfora. En el trance creador es sensible la sacudida y la violación del ensamble gramatical, pues importa poseer, atrapar la imagen que asoma quizás anhelante. Mariano Latorre, cuya autoridad de maestro hemos invocado en esta confidencia, expresa en “Literatura de Chile”: “Lautaro Yankas en sus obras intenta una nueva manera y sobre todo, un estilo nuevo. La frase ha de ser rápida, sintética. El verbo, en la mayoría de los casos se presupone. A veces, los sustantivos antitéticos pretenden sugerir el paisaje: “La noche y su siembra de astros….” “La noche y su murmullo….” Todo ello en razón de que la vida sensorial y anímica del hombre actual aparece fustigada hasta alucinación y el extravío.

Se me ha preguntado alguna vez, quizás maliciosamente, si habría alguna relación entre mi obra y la de la nueva generación de escritores. La pregunta es vaga.

Toda obra humana calificada contiene una filosofía, latente o manifiesta. Se busca una verdad para una conciencia. Mi obra se identifica por su contenido humano sostenido sin tregua, y por su estilo, ya examinado. Es emocional, dramática; en ella se goza y se sufre, en búsqueda instintiva o lúcida de una definición liberadora. Por su parte, los jóvenes de hoy, en la diaria pugna de valores, desde el hogar han dado la espalda a la sociedad que se desmorona tras la tremenda desesperanza provocada por dos guerras de intereses velados por un ideal. Han nacido y crecido en este caldo de cultivo microbiano, y la filosofía existencialista los lleva de la mano. En el charco y con la pesca pueblan sus libros. Sostienen una filosofía, la de sus personajes, que a veces interrogan a Dios, o se hunden en las galaxias de un brebaje. Cada generación recibe una herencia emocional, de contenido, registro y tónica diferentes, aunque venidas unas y otras de la misma remota raíz primaria. La novela, como toda obra de arte, recoge y trasunta la vida misma, que es la vida del hombre. Así pues, podría anotarse una gama de diferencias, biológicas, filosóficas, formales, fustigadas y condicionadas por el genio tecnológico. Sin embargo, el denominador común es la obra de arte. La sentencia de Guyau: “Lo bello nos conduce a la plena conciencia de la vida”, es válida para todos los tiempos.

La pobreza material de los comienzos y la holgura relativa de los años siguientes, no han modificado mi actitud en la vida, frente al mundo que nos entrega poco a cambio de lo nuestro. Es una postura emocional y contenida, está dicho, no trágica, que nació y cristalizó en los primeros años, cuando mi madre y yo veíamos cerrados los caminos. Lo trágico, obviamente, encierra la negación total de la vida, la muerte encarnada en nuestra conciencia. La actitud dramática es condición de lucha; supone la alternativa de la voluntad y la angustia a la luz de la esperanza. Mi compañera Selma Schifferli, ha comprendido esta actitud; su espíritu y su entereza, disciplinados en su sangre suiza, dinamizan mis sueños, y encienden nuestro camino común. La encontré, como descubrí por primera vez la tierra sureña, con el cielo azul y los campos recién llovidos. Nuestras dos hijas, Cecilia e Ingrid, van ágilmente por la vida, dueñas de una decisión encomiable. Los nietos entran en la vorágine del siglo. El calor humano, que nunca ha faltado en mi hogar, ha sido gravitante en mi quehacer literario.

En 1959 he viajado por Europa con los dineros del Premio latinoamericano de Literatura. Recorrí con mi mujer, España, Francia, Italia y Suiza. En el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid diserté sobre los novelistas y cuentistas del mar chileno. En esa ocasión expliqué la realidad de la creación literaria americana, la vigencia de un espíritu criollo nacido de lo español y lo indo-americano. Estando en Europa fui invitado por la asociación de Escritores chinos y viajé por la República Popular. Dicté conferencias acerca de Chile y sus escritores en Pekín, Han San, Sun Hian, Tietsín y Shangai. Visité asimismo Checoslovaquia y pasé por Rusia.

Como hombre y como escritor, obedeciendo en mis raíces a la tenacidad de mis primeras luchas de niño y de adolescente, estoy siempre en la búsqueda y determinación de mí espíritu libre. El concepto y la realidad viviente del hombre libre me parecen esenciales. Las experiencias de ayer y de hoy me muestran por doquier al hombre comprometido con las fuerzas subalternas, que tramadas, dominan nuestra época.

Siempre he buscado promover la integridad espiritual y humana de mis semejantes.

Lautaro Yankas


[1] “En torno al casticismo”
[2] Autor de “El dueño de los astros” y “El holandés volador”